La grave denuncia realizada por una
vecina del barrio Brasil, que interrumpió una conferencia celebrada en la
iglesia de católica, fue ignorada por el cardenal, las autoridades de gobierno
y toda la prensa que se encontraba en el lugar.
Eran pasadas las once de la mañana del
jueves 14 de enero y todo el que transitaba por la esquina de las calles
Huérfanos con Almirante Barroso, en el centro de Santiago, podía adivinar que
algo importante estaba ocurriendo.
A la entrada de la devastada Basílica
del Salvador, entre decenas de asesores que se movían de un lado al otro y un
número similar de periodistas, se observaban los rostros felices de la
alcaldesa Carolina Tohá, el intendente
Claudio Orrego, el ministro de Obras Públicas, Alberto Undurraga y el arzobispo
de Santiago, cardenal Ricardo Ezzati.
La alegría era comprensible, se
anunciaba en conferencia de prensa que el gobierno aportaría dos mil millones
de pesos para contribuir con la restauración del dañado edificio.
Desde temprano todo se había dispuesto
para que las ilustres visitas no se encontraran con algún inconveniente. Trabajadores
municipales regaron la cuadra en donde se ubica la Basílica, barrieron la
calle, recogieron la basura, cerraron el acceso a los vehículos particulares y
aprovecharon de hacer desaparecer todas las pertenencias de Jorge, un adulto mayor
que vive en la calle, a uno metros de esa casa de Dios.
El anciano, que acababa de regresar de
una vuelta por la vega, se detuvo en
silencio, y con una mueca de aflicción, se quedó mirando el suelo. Donde antes
estaban su ropa, su colchón y otros artículos que ocupaba para sobrevivir,
ahora solo había una gran mancha de agua
y los rastros de una apresurada escoba.
Unas vecinas del sector, que pasaron
asombradas porque nunca antes habían visto esa cuadra tan limpia, se
encontraron con Jorge petrificado y a punto de llorar. Una de ellas de nombre
Marlene, cuenta que miró el entorno y pensó “Lo más probable es que la municipalidad haya ordenado esconder la
pobreza”.
Con indignación la mujer se fue a la iglesia e interrumpió el
discurso sobre valores cristianos que en ese momento daba el cardenal Ezzati a
la prensa, preguntándole “Cardenal,
hablando de valores ¿Qué le parece que hayan despojado a un mendigo, que vive
al lado de esta iglesia, de su ropa y su colchón porque ustedes venían de
visita?”
“Ahora
no lo sé, le dijo Ezzati con evidente turbación, pero voy a contestarle después con mucho gusto”.
Esa fue toda la respuesta del clérigo
quién dejó el micrófono y se paró detrás de los personeros de gobierno para dar
paso a los discursos sobre recuperación de un edificio de interés patrimonial.
Pero la historia no termina ahí. Al
ver que nadie se interesó por lo que acababa de denunciar, Marlene corrió a
buscar al anciano y lo hizo entrar a la conferencia de prensa, a pesar del
esfuerzo de todos los asesores por impedirles el paso.
Jorge entró y dio cara a las
autoridades, el cardenal los miró fijamente pero no hizo ningún intento por
acercarse a ellos. Fue otro sacerdote, uno que acompañaba al Arzobispo de
Santiago, el que llegó al lado del indigente y poniéndole una mano sobre el
hombro le preguntó muy cerca del oído “¿Cuánto
tiempo lleva viviendo aquí? Porque yo, que trabajo al lado, nunca lo he visto”
y se retiró.
SE OCULTA LA POBREZA ¿A QUIÉN LE
IMPORTA?
La presencia de la vecina y el anciano
causaron tal incomodidad, que todas las autoridades, como programadas,
levantaron los hombros en señal de que
no entendían lo que estaba ocurriendo, varios se quedaron mirándolos y se
rieron, provocando que Marlene les dijera “No
se encojan de hombros, aquí los responsables son todos ustedes que tratan de
ignorar esta situación”.
Claudio Orrego, quien en ese momento
estaba al micrófono, fue el único que abandonó la conferencia y salió a
conversar con el anciano para pedirle disculpas. El intendente se comprometió a
ayudarle con la recuperación de sus pertenencias o a entregarle todo nuevo, si
no lo conseguía. Además, le dijo que se contactaría con funcionarios del
ministerio de Desarrollo Social, para buscar la forma de ayudarle a salir de la
situación de calle.
Cuando el resto de las autoridades
terminó de entregar sus declaraciones con tranquilidad, los micrófonos y cámaras
de televisión se apagaron. Todos los periodistas se marcharon sin atender a la
gravedad que encerraba el hecho de que un municipio intentara esconder la
miseria, vulnerando de paso los derechos de una persona, porque la pobreza no
es agradable a la vista.
Sin luces alumbrando su delgado rostro,
la alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá, se acercó al anciano y a la vecina, para decirles, con voz histérica, que las
pertenencias de Jorge no habían sido robadas y que estaban guardadas en alguna
parte que ella desconocía. Agregó que le resultaba difícil creer que su equipo
de calle nunca antes se preocupara por el anciano, poniendo en duda la denuncia
por abandono que había surgido en medio de una discusión.
Lo único que hizo la edil, por tratar
de salvar la situación, fue invitar a Jorge a que se acercara al municipio a preguntar por los programas de ayuda para la
gente sin hogar.
Es importante mencionar que el equipo
que acompañaba a la alcaldesa no se retiró sin antes pregonar a viva voz que
todo lo ocurrido obedecía a un despreciable ataque político en contra de la
máxima autoridad comunal.
Cuando cerraron la iglesia, fueron los
vecinos del sector los que acompañaron a Jorge a recorrer la manzana en busca
de sus pertenencias. En las ventanas de una casa abandonada, encontraron
algunas cosas, todo lo demás, alguien lo robó.
Un par de horas más tarde dos funcionarios
del Ministerio de Desarrollo Social, como lo prometió el intendente, llegaron a
tomar los datos de Jorge y le dejaron una dirección para visitar. Del Arzobispo
de Santiago, lo último que se supo, fue que en lugar de acercarse a responder,
como lo prometió, prefirió conversar con el periodista del diario la Tercera para darle la
noticia de que el Papa tenía intenciones de visitar Chile; eso fue lo único que
publicó la prensa ese día.
FUENTE: Marianela González








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