Uno de los pensadores milenarios de la guerra, el militar chino Sun Tzu, dentro de todo su armatoste teórico, planteaba: “Cuando se está cerca, se debe parecer lejos, cuando se está lejos, se debe parecer cerca. Se muestran carnadas para incitar al enemigo. Se finge desorden y se lo aplasta”.
La situación actual de la derecha política es paradigmática al respecto. Gran parte de la oposición ha querido mostrar al oficialismo como un sector desordenado, una coalición inmadura e incapaz de gobernar el país si no se gobierna a sí misma. Han mostrado también el proceso de elecciones como una fuerza centrípeta que atrae a muchos y enreda a otros: Se suben, bajan y mueven candidatos -primarias mediante- y las encuestas se declaran incompetentes a la hora de dar sentido entre tanto caos. No son raros quienes hoy por hoy definen el momento como “crisis”, “debacle” e incluso la catalogan de “profunda” e “irreversible”.
La democracia no es un juego donde las alternativas oficiales su turnan amistosamente para gobernar. Por definición, el armatoste institucional del capitalismo sólo guarda espacio para los que pueden gobernar de forma ordenada y respetando los presupuestos definidos en la trastienda. Sea cual sea el modo o tipo de democracia, y más aún en Chile, el partido se arregla de antemano y la incapacidad política de la derecha para contener el descontento social le pasó la cuenta ante los reales poderes que hoy sostienen a Chile.
Quienes pretenden disputar algún porcentaje en noviembre se han envalentonado a erigir con más fuerza sus propias alternativas, ante la bajada de Pablo Longueira. Hablan de un nuevo escenario, donde Parisi y Bachelet serían los candidatos más a la derecha del espectro institucional. Pero reemplazar un análisis de la correlación de fuerzas en el país por un pobre análisis electoral no es una buena idea.
Las debilidades son evidentes. El “olvido de la política” tan propio de los tiempos en que han gobernado directamente los intereses de las clases poseedoras, le ha pasado la cuenta de manera radical a la derecha. Pero sería iluso pensar siquiera en que el sector político más duro y reaccionario de la burguesía este perdiendo posiciones importantes.
Precisamente, cuesta creer en una supuesta crisis cuando en ninguno de los dos partidos se han quebrado filas, no existe una huida masiva de militantes ni se han cuestionado internamente los bases políticas del conglomerado. La crisis, que al parecer sería sólo una desventaja electoral, no pareciera traducirse en una traba política. Al parecer, en la derecha no ven con extrema preocupación la posible elección de Michelle Bachelet. El malogrado ex candidato de la UDI, Pablo Longueira, ya en su momento esbozó que el gobierno de Piñera no era otra cosa sino el quinto gobierno de centro derecha que tenía el país post-dictadura. Asimismo, el propio Joaquín Lavín se declaró en su momento como “aliancista-bacheletista”, dando curiosa forma al pacto de gobernabilidad en su formato 2006-2010.
Si bien ahora Michelle Bachelet trae consigo al Partido Comunista al interior de la “Nueva Mayoría”, se sabe que este partido es minoría al interior del conglomerado y la fuerza reside en el eje DC-PS, que evidenció mayoría en las pasadas elecciones municipales y del que forma parte la misma candidata a presidenta.
Los objetivos de la derecha en términos electorales se mantienen: Necesitan renovar una candidatura para forzar una segunda vuelta y trasladar el centro del conflicto a la elección parlamentaria, resistiendo lo más posible los doblajes que se puedan producir en su contra. El mismo acuerdo entre RN y la DC para cambiar el binominal, por cierto, se supedita a esa tesis.
Pero en términos políticos el panorama le es bastante favorable: Los candidatos “alternativos” no han salido de su marginalidad. ME-O no ha podido posicionarse en el debate, aunque ve en el tema de los abusos al interior del Sename una posibilidad, aunque pocas, debido a lo acotado del tema. Parisi sigue golpeando con la jugada que más le ha traído dividendos: la anti-política. Finalmente, Marcel Claude, quien ha denunciado ser víctima de un bloqueo mediático a su candidatura, no ha aprovechado este escenario para mostrar esbozos de su programa, fuera de guitarrear por televisión o enviar saludos por teléfono desde una “celebración”, cuando le piden su opinión sobre un tema contingente.
La “crisis de la derecha” al parecer no pasa de ser un argumento meramente retórico, que permitiría moralizar comandos y balancear ficticiamente el escenario a ciertos intereses. Se habla que está cavando su propia tumba, pero en verdad pretende seguir siendo la segunda mayoría al interior del parlamento. La verdad, es que la derecha ha decidido compactarse, fortalecerse en su histórico 25% electoral y hacer que sus partidos sientan la punzada para preparar la contraofensiva. Una contraofensiva que sólo será tal si es capaz de responder a cómo el discurso de la derecha se puede volver un discurso popular. Es decir, un cambio de forma, que implica puro lenguaje, pero en ningún caso modificar las bases del pensamiento de la derecha nacional, sea esta gremialista o liberal.
Si seguimos con las metáforas militares la derecha asume una posición de defensiva estratégica. Ad portas de las elecciones, la condición es desfavorable y debe impedir que las reformas institucionales abran paso a la vía reformista, sea conducida por la burguesía o por partidos de corte más rupturista. El conservadurismo no es sólo una fuerza cultural, como piensan ingenuamente los progresistas. Es el soporte ideológico que ha permitido al neoliberalismo conservar una buena salud. Por eso, la derecha está abocada a fortalecer sus trincheras, marcar su discurso identitario, ajustar sus recursos ideológicos, intelectuales y políticos para una batalla que nuevamente pasará por encima de los intereses del pueblo.
Por su parte, Bachelet sabe que su fuerte está en la amplitud. Muchos han alardeado con querer llegar al centro político, entre ellos Allamand, Orrego y Velasco, todos perdedores. Olvidaron que, para ser de centro, no se necesita solamente moderación, sino también ambigüedad en el discurso. No significa no tener opinión, sino contar con las dos opiniones. El sustrato de su discurso está fundado en el diálogo y el encuentro, el mismo que permitió a Carolina Tohá ganar en Santiago y a Josefa Errázuriz desbancar al coronel Labbé. Michelle Bachelet, en los hechos, es la única que ha logrado posicionarse en el centro.Sus tres ejes discursivos (educación gratuita, cambio de Constitución y cambio a las AFP) son recogidos del movimiento social, pero son procesados bajo su lógica política, la que incluye al mundo empresarial. Esto sin decir que, a fin de cuentas, los programas son absorbidos por la agenda pública y las pautas al interior de un período de gobierno van variando de acuerdo a las novedades.
En definitiva, el sistema político se mantiene estable. Las cartas electorales de la derecha se siguen barajando, pero todo indica que no apostarán por el reciclaje de Golborne, Allamand o Lavín, ni quemar a las figuras más prometedoras de los partidos, como el ex alcalde Ossandón, sino por la fogueada figura de Evelyn Matthei. Una candidata que no tenía planes parlamentarios luego de su gestión como ministra del trabajo, al punto que había esbozado su retiro de la vida pública. No obstante, cuenta con algunas elecciones en el cuerpo y un relato propio que le permitirían hacer frente a Bachelet. El escenario general se mantiene y la crisis no está en la derecha, como nos quieren hacer ver, sino en la izquierda, donde nuevamente aparecen contingentes de candidatos empapados con un discurso “ciudadanista”, “progre” y “joven” para llevarnos a rebotar en el marco institucional con la ficción de “recuperar la política”.
Vuelven a faltar fuertes cuotas de realidad, según vemos.
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